Página — Educacion Secundaria Sin nivel (pág. 104)
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Ningún rumor se escuchaba en la casa, ningún rumor percibíase cerca de ellos, pero a lo lejos, en la laguna, alcanzaban a oírse las voces de los remeros,resonando precisas y distintas sobre el agua tranquila. El fuego que ardia en la proa del sampán brillaba vagamente a la distancia, con un oscuro y rojizo resplandor. Poco después se apagó. Cesaron las voces. La tierra y el agua dormian invisibles, tranquilas y mudas. Parecía que nada quedaba sobre la tierra sino el resplandor de las estrellas, que rodaban, infatigables y vanas, a través de la negra inmovilidad de la noche.
Los ojos muy abiertos, el blanco dirigió una mirada al fondo de aquella oscuridad. El temor y el encanto, la inspiración y el asombro de la muerte, de la muerte inevitable y próxima, e invisible, apaciguaban la inquietud de su raza y estremecian los más indistintos, los más íntimos de sus pensamientos. La eterna y pronta sospecha del mal, la sospecha voraz que llevamos oculta en el corazón, surgió para penetrar en la inmovilidad que le rodeaba, en la inmovilidad sorda y profunda, haciéndola aparecer falsa e infame, como la máscara plácida e impenetrable de una injustifi cable violencia. En aquel fugaz y tremendo disturbio de su ser, la tierra, envuelta en la paz estrellada, convirtiose en un fantasmagórico pais de esfuerzo inhumano, un campo de batalla de espectros, encantadores y terribles, augustos e innobles, que luchasen ardorosamente por adueñarse de nuestro corazón. Un país intranquilo y misterioso de deseos y temores inextinguibles. Un melancólico murmullo se levantó en la noche; un murmullo entristecedor y espantable, como si la vasta soledad de los bosques circundantes tratase de susurrar a su oído la sabiduría de su inmensa y alta indiferencia. Flotaban en el aire, a su alrededor rumores imprecisos y vagos, que adquirían lentamente la forma de palabras; y, por último, corrieron mansamente en un riachuelo rumoroso de suaves y monótonas frases. El blanco estremeciose como quien despierta, y alteró un poco su posición. Arsat, inmóvil y apesadumbrado, sentado,con la cabeza inclinada bajo las estrellas, hablaba en un tono bajo y ensoñador:
—. porque, jen dónde, si no en el corazón de un amigo, podemos desahogar el peso de nuestro dolor? Un hombre no debe hablar sino del amor o de la guerra. Tú, Tuan, sabes qué es la guerra y en la hora del peligro me has visto lanzarme en busca de la muerte como tantos otros en busca de la vida. La palabra escrita puede desaparecer; puede ser escrita una mentira, ipero lo que han visto los ojos es verdad y la mente lo conserva!
-Recuerdo—dijo el blanco suavemente.
Con amarga compostura, Arsat prosiguió:
—Prefiero, pues, hablarte del amor. Hablarte de él en la noche. Antes de que, así la noche como el amor, hayan desaparecido.. y el ojo del dia haya de asomarse sobre mi dolor y mi vergienza; sobre mi rostro ennegrecido, sobre mi consumido corazón.
Un suspiro, apagado y breve, señaló una pausa casi imperceptible, y sus palabras continuaron corriendo, sin un estremecimiento, sin un gesto:
—Luego que terminó la guerra y que abandonaste mi país en persecución
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