Darío Guerrero Díaz, (2020).
La mujer del rayo también dejaba escuchar su ira en
medio de la tempestad. Tronaba y lanzaba sus
furiosos relámpagos. El ruido atronador alertó
a los hermanos, que vieron aparecer a la mujer
del rayo con su cabellera llameante y los puños
crispados. También iba interrogando a gritos
a los asustados habitantes de la selva: ¿dónde
están los hermanos Cuillor?
En esos tiempos, cuando el mundo era más
nuevo, el cielo era todavía bajo. Si se arrojaba
una lanza con suficiente fuerza, desde las
ramas altas de los árboles se lo podía alcanzar.
Eso hicieron los hermanos Cuillor. El más
fuerte disparó una lanza y trepó hasta el cielo
por una cuerda que había amarrado en un
extremo. Desde arriba, arrojó la cuerda a su
hermano menor. Este la sujetó a una canasta,
se acomodó en ella y esperó a que su poderoso
hermano lo subiera.
Una vez arriba, en la bóveda del cielo, los
hermanos se transformaron en estrellas. Ni la
mujer rayo y ni siquiera el gavilán, cuyas alas
lo llevaban a lo más alto, les podrían alcanzar;
mucho menos lo harían el jaguar y la boa, por
más que trepaban a los árboles.
Antes de su partida, los dos hermanos habían
sido amados por una misma mujer. Nadie
sabía si era del uno o del otro. Ella se quedó
llorando y, viendo que no mandaban la canasta
para recogerla, de resentimiento y enojo, se
arañaba la cara y se la refregaba con lo que
encontraba a mano: las hojas de las plantas, el
lodo del suelo, la ceniza del fogón.
Cuando al fin bajó la canasta, ella se apresuró a
subir, no le importó tener sucia y manchada la
cara; pero nunca alcanzó a llegar donde estaban
los hermanos.
Ella se convirtió en la Luna y los mira,
suspirando, desde lejos. Todavía se pueden
ver en su rostro las manchas que le quedaron,
pero eso no le quita su hermosura ni su
encanto.
Adaptado de un mito kichwa desde una versión de
Jorge Anhalzer. (2002). Cuentos del Ecuador. Quito:
Imprenta Mariscal.