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No supieron cómo pasaron las horas. El Sol empezó a
bajar y, cuando se dieron cuenta, estaba por ocultarse.
Asustadas, las mujeres se echaron los canastos a la
espalda y tomaron a sus niños de la mano.
—j(Bajemos, bajemos! —se gritaban unas a otras.
—No tendremos tiempo. Nos pillará la noche
y en la oscuridad nos perderemos para siempre
—advirtió Mallén.
—¿Qué haremos entonces? —dijo la abuela Collalla,
que no por ser la más vieja, era la más valiente.
—Yo sé dónde hay una gruta por aquí cerca, no
tenga miedo, abuela —dijo Mallén.
Guio a las mujeres con sus niños por un sendero
rocoso. Sin embargo, al llegar a la gruta, ya era
de noche. Vieron en el cielo del poniente la gran
estrella con su cola dorada. La abuela Collalla se
asustó mucho. —Esa estrella nos trae un mensaje
de nuestros antepasados que viven en la bóveda del
cielo —exclamó.
Licán se aferró a las faldas de su madre y lo mismo
hicieron los demás niños.
—Vamos, entremos a la gruta y dormiremos bien
juntas para que se nos pase el miedo —dijo Mallén.
—Eso sería lo mejor, murmuró Collalla, temblorosa.
Ella conocía viejas historias, había visto reventarse
volcanes, derrumbarse montañas, inundaciones,
incendios de bosques enteros.
No bien entraron a la gruta, un profundo ruido
subterráneo las hizo abrazarse invocando al Sol y la
Luna, sus espíritus protectores. Al ruido, le siguió un
espantoso temblor que hizo caer cascajos del techo
de la gruta. El grupo se arrinconó, aterrorizado.
Cuando pasó el terremoto, la montaña siguió
estremeciéndose como el cuerpo de un animal
nervioso. Las mujeres palparon a sus hijos; no,
nadie estaba herido. Respiraron un poco y miraron
hacia la boca blanquecina de la gruta. Por delante
de ella, cayó una lluvia de piedras que, al chocar,
echaban chispas.
— ¡Miren! —gritó Collalla. ¡Piedras de luz! Nuestros
antepasados nos mandan este regalo.
Como luciérnagas de un instante, las piedras
rodaron cerro abajo y con sus chispas encendieron
un enorme copihue seco que se erguía al fondo de
una quebrada.
El fuego iluminó la noche y las mujeres se
tranquilizaron al ver la luz.
—La estrella, con su espíritu protector, mandó el
fuego para que no tengamos miedo —dijo la abuela
Collalla riendo.
Niños y mujeres también rieron, aplaudiendo el
fuego.
El grupo, silencioso, contempló las llamas como
si fueran el mismo Padre Sol que hubiera venido a
acompañarlas. Se sentaron junto a la gruta, oyendo
crepitar las llamas como música desconocida. Al
rato, llegaron los hombres desafiando las tinieblas
por buscar a sus niños y mujeres. Caleu se acercó
al incendio y cogió una llama ardiente; los otros
lo imitaron y una procesión centelleante bajó
de los cerros hasta sus casas. Por el camino iban
encendiendo otras ramas para guiarse. Al otro día,
oyendo el relato de las piedras que lanzaban chispas,
los indios subieron a recogerlas y, al frotarlas junto
a ramas secas, lograron encender pequeñas fogatas.
Habían descubierto el pedernal. Habían descubierto
cómo hacer el fuego. Desde entonces, los mapuches
tuvieron fuego para alumbrar sus noches, calentarse
y cocer sus alimentos.
Adaptado de Los dioses de la luz. Leyenda mapuche.
Recuperado de https://elalmanaque.com/literatura/leyendas/
ley2.htm