Portugueses y españoles, más que fuerza muscular, querían talentos para explotar con relativa rapidez los recursos naturales de las Américas. Sheila explica que, para el aprovechamiento de los yacimientos de oro, se trajo a africanos oriundos de Costa de Oro (hoy República de Ghana), empezaron a llamarlos minas, porque les atribuían un sino prodigioso para "hallar" el metal. Al saber, lo llamaban suerte. Y en la agricultura tropical fueron imprescindibles, por los profundos saberes que poseían, lograron que extensas regiones continentales tuvieran como fortaleza económica determinados productos, por ejemplo, arroz, caña de azúcar, algodón y los tubérculos.
A regañadientes se admite que este capitalismo, de minúsculos gozos e inmensos padecimientos, su proceso de acumulación de riquezas se debe al trabajo productivo esclavizado. Más aún, el 75% de la economía atlántica de las Américas se apoyaba en cerebros y músculos de mujeres y hombres africanos.
Para esas sonrisas descreídas, valga este dato: por cada europeo que migraba a las Américas, venían en condición de esclavizados de cinco a seis africanos. Mientras caminaba la narración, comentó sobre nuestra religiosidad y cómo la inculta visión europea menosprecia el afrocatolicismo o afroprotestantismo.
Los tres mulatos de Esmeraldas, pintura de Andrés Sánchez Galque, 1599.










