Francis Drake, llamado el «draque», era el terror del océano; navegó desde las costas del Perú hasta llegar a Esmeraldas; estaba enojado porque los cimarrones no lo habían esperado.
Cierta ocasión se entretenía dibujando en la arena con su espada cuando una niña negra que estaba oculta detrás de los cocoteros quiso saber qué dibujaba el pirata y estiró su cuello; Drake alcanzó a ver el pequeño rostro y exclamó: «¡Alto!, ¿quién está aquí?». La niña salió de su escondite y él le preguntó: «¿Quién eres?». «Mi nombre es Juana Sebastiana», contestó sin titubear; ella vivía en el palenque de Dobe, el famoso y también temido cimarrón Francisco de Arrobe.
Drake el pirata le preguntó a la niña: «¿No tienes miedo?».
—No —dijo ella— porque soy una cimarrona y las cimarronas no tenemos miedo. Drake se rió; le gustaba la forma de hablar de la niña.
—¿Puedes llevarnos al palenque?
Ella contestó: No, porque es un lugar secreto, pero yo sí puedo ir a explicar allá sobre el trato que los piratas querían mantener. A cambio la niña le pidió que no les haga daño. Drake sacó un medallón de plata que tenía pintado el rostro de una mujer en un lado y un espejo en el otro; besó el medallón y con reverencia prometió que no les haría daño.
Juana Sebastiana caminó un largo trecho por los manglares del río Atacames, tomó un remo y se fue río arriba; ella conocía muy bien el río y evitaba las corrientes peligrosas con asombro y habilidad.
La niña se introdujo en una abertura secreta oculta entre las cañas; allí estaba el palenque formado por un grupo de chozas distintas unas a otras, ocultas en una vegetación; había toda clase de hortalizas y frutas. La niña fue directamente al bohío más grande, donde habitaba el palenquero o cimarrón mayor Francisco de Arrobe. Luego de que Juana Sebastiana conversó con él, al día siguiente los cimarrones encargados con víveres y barriles de agua se dirigieron hacia la playa para realizar el cambio.









