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Pata de mono (Parte I, fin): la mañana siguiente — debate sobre la pata; el hombre misterioso rondando la casa

📄 otro lengua-y-literatura 🎓 secundaria · 8° EGB Ecuador 🇪🇨 EC 🗣 Español
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Página 126 de Lengua Y Literatura · 8 EGB · 2025
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Solución — Página 126

Lengua Y Literatura · 8 EGB · 2025

A la mañana siguiente, mientras el sol alumbraba la habitación, el señor White se rió de sus temores de la noche. La habitación, con su luz limpia y fría, con la pata arrugada y sucia en el suelo, era la imagen de la prosaica salud. El talismán no parecía terrible.

—Todos los viejos militares son iguales —dijo la señora White—. ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?

—Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza —dijo Herbert con picardía, al salir a trabajar.

Su madre lo acompañó hasta la puerta. Luego el cartero llamó y, como solía, les trajo tan solo la cuenta del sastre.

—Herbert se reirá de mí —dijo el señor White—. Pero yo sé que la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.

—Habrá sido tu imaginación —dijo su mujer con dulzura.

—Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era... ¿Qué sucede?

Su mujer no contestó. Miraba por la ventana a un hombre desconocido que andaba poco a poco por la calle con la galera nueva y reluciente en las manos. La mujer pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces ante el portón; por fin se decidió a llamar.

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  • Ver pág. Página 125 - Primera petición: 200 libras; la pata se mueve 'como una víbora'; visiones en las brasas
  • Ver pág. Página 127 - Continuación: el hombre misterioso entra; noticias sobre Herbert; el dinero
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La pata de mono (fragmento) - W. W. Jacobs
📝 Transcripción de la página (texto seleccionable) 1843 caracteres

Darío Guerrero Díaz, (2020).

A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rio de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la no- che anterior; y esa pata de mono, arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.

—Todos los viejos militares son iguales —dijo la señora White—. ¡Qué idea, la nues- tra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si con- siguieras las doscientas libras, ¿qué mal po- drían hacerte? é

—Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza —dijo Herbert.

—Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias —dijo el padre.

—Bueno, no vayas a encontrarte con el dine- ro antes de mi vuelta —dijo Herbert, levan- tándose de la mesa—. No sea que te convier- tas en un avaro y tengamos que repudiarte.

La madre se rio, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la

mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido.

Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta, corrió a abrirla, y cuando vio que solo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres in- temperantes.

—Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas —dijo al sentarse.

—Sin duda —dijo el señor White—. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.

—Habrá sido en tu imaginación —dijo la se- flora suavemente.

—Afirmo que se movió. Yo no estaba suges- tionado. Era... ¿Qué sucede?

Su mujer no le contestó. Observaba los mis- teriosos movimientos de un hombre que ron- daba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar.

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