Pata de mono (Parte I, continuación): Morris tira la pata al fuego; White la recoge; instrucciones de uso; cena; Herbert bromea; señor White no sabe qué pedir
Solución — Página 124
Lengua Y Literatura · 8 EGB · 2025
—¡Usted no sabe lo que dice! —exclamó Morris, horrorizado—. ¡Mejor que se queme!
—Si no quiere usted, señor Morris, dánosla —dijo el anciano, con calma.
El otro se la miró y negó con la cabeza.
—No puedo —dijo—. Si la guarda, no se queje luego. Tire los deseos en voz alta. Y pida algo razonable.
—Parece de Las mil y una noches —dijo la señora White, riendo tranquilamente.
Su marido sacó el talismán y los tres lo miraron. Como los demás, él tampoco sentía nada, nada.
—¿Y cómo se usa? —preguntó el señor White.
—Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta —dijo el sargento mayor—. Pero le advierto que debe temer las consecuencias.
—Parece muy sencillo —dijo Herbert White, con una sonrisa—. Voy a pedir un par de brazos más para ayudarme en el trabajo.
Su padre sacó la pata del bolsillo y los tres se echaron a reír. El sargento mayor Morris miró la escena con reprobación.
—Si lo hace —dijo levantándose—, no le diga que no se lo advertí.
Después de comer, se fue al último tren, y los tres se sentaron junto al fuego a hacerle confidencias.
—Seremos felices, ricos y famosos —dijo Herbert White mirando el fuego—. Papá, empieza: pide un imperio.
Su padre, con una sonrisa avergonzada, sacó el talismán. Herbert puso los dedos en el teclado del piano y tocó unos acordes solemnes, cómicamente terroríficos.
—No se me ocurre nada para pedirle —dijo el anciano con lentitud—. Me parece que tengo todo lo que deseo.
- • Ver pág. Página 123 - Presentación del talismán y sus poderes: faquir, tres deseos, historia de Morris
- • Ver pág. Página 125 - Primera petición: 200 libras; la pata se mueve 'como una víbora'
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—Y si a usted le concedieran tres deseos más —dijo el señor White—, ¿los pediría?
—No sé —contestó el otro—. No sé.
Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.
—Mejor que se queme —dijo con solemnidad el sargento. —Si usted no la quiere, Morris, démela.
—No quiero —respondió terminantemente—. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche la culpa de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.
El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:
—¿Cómo se hace?
—Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.
—Parece de Las mil y una noches —dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa—. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?
El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.
—Si está resuelto a pedir algo —dijo agarrando el brazo de White— pida algo razonable.
El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.
—Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros —dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren—, no conse- guiremos gran cosa.
—jLe diste algo? —preguntó la señora mirando atentamente a su marido.
—Una bagatela —contestó el señor White, ruborizándose levemente—. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.
—Sin duda —dijo Herbert, con fingido horror—, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.
El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad.
—No se me ocurre nada para pedirle —dijo con lentitud—. Me parece que tengo todo lo que deseo.








