Lectura
Ole Cierraojos contó sus cuentos a un muchachito llamado Felipe. Le contó siete, pues siete son los días de la semana. Te contaré el cuento que le contó el martes.
No bien estuvo Felipe en la cama, bien dormido, Ole Cierraojos roció los muebles de la habitación del niño con su nubecita de fantasía. Enseguida, la mesa, la silla y el velador se pusieron a charlar todos a la vez. Lo curioso es que Felipe los podía escuchar.
Encima de la cómoda colgaba un gran cuadro en un marco dorado; representaba un magnífico paisaje, y en él se veían viejos y corpulentos árboles, y flores entre la hierba, y un cristalino río que fluía por el bosque, pasando ante fabulosos castillos para llegar, finalmente, hasta el mar encrespado.
Cierraojos tocó el cuadro y los pájaros empezaron a cantar; las ramas, a moverse; y las nubes, a desfilar, según podía verse por las sombras que proyectaban sobre el paisaje.
Entonces Cierraojos levantó a Felipe hasta el nivel del marco y lo puso de pie sobre el cuadro, entre la alta hierba donde el sol llegaba por entre el ramaje de los árboles. El niño echó a correr hacia el río y se subió a una colorida barquita. La vela de la barca brillaba como plata, y seis cisnes, todos con coronas de oro en torno al cuello y una radiante estrella azul en la cabeza, arrastraban la embarcación a lo largo de la verde selva; los árboles hablaban de bandidos y brujas, y las flores, de los lindos silfos enanos, hermanos de las hadas, y de lo que les habían contado las mariposas.
Peces magníficos, de escamas de oro y plata, nadaban junto al bote, y, de vez en cuando, saltaban juguetones fuera del agua con un fuerte chapoteo, mientras innúmeras aves rojas y azules, grandes y chicas, lo seguían volando en largas filas, y los inquietos mosquitos danzaban, y los veloces abejorros no paraban de zumbar: «¡Bum, bum!». Todos querían seguir a Felipe, y todos tenían una historia que contarle.
¡Vaya excursión! Tan pronto el bosque era espeso y oscuro, como se abría en un maravilloso jardín, bañado de sol y cuajado de flores. Había vastos palacios de cristal y mármol con princesas en sus terrazas. Todas le alargaban la mano y le ofrecían pastelillos de mazapán. Y en cada palacio había príncipes de centinela que, sables al hombro, repartían pasas y galletas de vainilla. Cuando Felipe quiso probar una galleta, se despertó. Solo quedó el dulce olor en su mano y una juguetona alegría en su corazón.
— Hans Christian Andersen (Adaptación)











