[continuación de página 25]
Entonces regresó donde la niña y le preguntó:
— Niña bonita, ¿cuál es tu secreto para ser tan negrita?
La niña no sabía, pero inventó:
— Ah, debe ser que de chiquita tomé mucho café negro.
El conejo fue a casa. Tomó tanto café, tanto que perdió el sueño y pasó la noche haciendo pipí. Pero no se puso nada negro.
Regresó entonces donde la niña y le preguntó:
— Niña bonita, niña bonita, ¿cuál es tu secreto para ser tan negrita?
La niña no sabía, pero inventó:
— Ah, debe ser que de chiquita comí mucha uva negra.
El conejo fue a buscar una cesta de uvas negras y comió y comió hasta quedar abarrotado de uvas, tanto, que casi no podía moverse. Le dolía la barriga y pasó toda la noche haciendo pupú. Pero no se puso negro.
Cuando se mejoró, regresó donde la niña y le preguntó una vez más:
— Niña bonita, ¿cuál es tu secreto para ser tan negrita?
La niña no sabía y ya iba a ponerse a inventar algo de unos frijoles negros, cuando su madre, que era una mulata linda y risueña, dijo:










