[continuación de página 26]
— Ningún secreto. Encantos de una abuela negra que ella tenía.
Ahí el conejo, que era bobito, pero no tanto, se dio cuenta de que la madre debía estar diciendo la verdad, porque la gente se parece siempre a sus padres o a sus abuelos, a sus tíos, hasta los parientes más lejanos. Y si él quería tener una hija negrita y linda como la niña bonita, tenía que buscar una coneja negra para casarse.
No tuvo que buscar mucho, muy pronto encontró una coneja oscura como la noche que hallaba a ese conejo blanco muy simpático. Se enamoraron, se casaron y tuvieron un montón de hijos, porque cuando los conejos se ponen a tener hijos, no paran más.
Tuvieron conejos para todos los gustos: blancos, muy blancos; blancos medio grises, blancos manchados de negro; negros manchados de blanco; y hasta una conejita negra, bien negrita.
Y la niña negrita fue la madrina de la conejita negra.
Cuando la conejita salía a pasear siempre había alguien que le preguntaba:
— Coneja negrita, ¿cuál es tu secreto para ser tan bonita?
Y ella respondía:
— Ningún secreto. Encantos de mi madre que ahora son míos.
¿Sabías qué…?
«En el tiempo de la esclavización arrebataban a los hijos o hijas de los esclavizados, por eso cuando se llega a una casa la persona mayor de cualquiera de esas casas le pregunta ¿cuyo hijo sos? [¿Hijo de quién eres?]... y si tiene un vínculo, serás su primo, sobrino o su tío hasta que mueras. Esto desde el tiempo de la esclavización viene siendo una forma de recuperar y mantener la familia, es una manera de resistencia…»
(Tomado de Etnoeducación para Maestras y Maestros, Preescolar, 1° y 2°).









