4 Tejiendo con las palabras
Cuento: Mi familia, mi comunidad vivimos en solidaridad
Érase una vez, en una de las comunidades ancestrales de la provincia de Esmeraldas, cerca del río Santiago, en la parroquia de Concepción, rodeados de matorrales de verde y bellísimas flores que con su aroma y colores adornaban tan fantástico lugar, que se caracteriza por compartir acciones populares, religiosas y principalmente por la solidaridad.
Todos estaban listos cuando se trataba de ayudar; Don Warner llamaba siempre a mingas en bien de las familias y el pueblo.
María Luisa salía ojeada casi siempre, pues sus movimientos al bailar encantaban al pueblerío, y ahí es que entraba en acción Doña Julia, aquella comadrona que curaba ese mal, sobándole el huevo, el chivo, discancer, la ruda con aguardiente en el mate, y ya no fregaba más.
Y para seguir el festejo en casa de doña Gaby, les esperaba con un buen sancocho de gallina criolla con orégano, chillangua y chirarán; un buen vaso de chucula y encocao de pescado, con un plátano bien asado.
Sin quedarse de lado, Don Demetrio, el decimero, entretenía a todo el pueblo en el mentidero. Papá Roncón, doña Ninfa, doña Olga y doña Rocita Huila no dejaban de cantar; Lennis y Wendy bailaban al son del ritmo de la marimba y el guasá.
Es preciso recordar que toda esta algarabía se debía a que la comunidad festejaba un año más de la parroquialización.
Intercambiando bienes y servicios unos con otros, más que como vecinos, se convivía como una gran familia y entre ellos se practicaba mucho la solidaridad, el compartir, el respeto y mucho amor.










