— Ayee, ayee, ayeee...— el sonido fue alzándose hasta convertirse en un grito de rebeldía que descendió cuando los guardias los amenazaron para que callaran.
Bolamba Mbemba se dispuso a saltar para hacer los ejercicios mientras cantaba su tristeza. Tenía once años y era parte de los cuatrocientos ochenta prisioneros de a bordo.
Bolamba había sido capturado junto a toda su familia en el reino del Congo, pero los separaron al llegar a la fortaleza de Elmira, uno de los temidos lugares donde mantenían a los africanos capturados hasta enviarlos a su triste destino.
El niño nunca olvidaría aquella noche cuando los cazadores de africanos para ser esclavizados habían penetrado en su aldea, quemando las viviendas y apresando a todos los habitantes.
Bueno, a todos no, a los viejos no. Bolamba se preguntó qué sería de su abuela y le vino a la memoria su voz cuando le contaba cuentos:
«Escucha bien, hijo de mi hija, escucha lo que voy a contarte, para que tú también cuentes a tus hijos y a los hijos de tus hijos: Kalunga es el nombre de las aguas eternas que separan los dos mundos: el mundo ordinario en que vivimos, que se llama Ntoto, y la tierra de los muertos, que se llama Mputu».
Ahora, Bolamba estaba seguro de que donde él se hallaba no era otra cosa que las aguas de Kalunga que lo llevaban sin remedio hacia la muerte. ¿Qué otra cosa podía ser la oscuridad ardiente y hedionda del vientre del barco, las cadenas que apresaban su cuerpo, los llantos y los lamentos de dolor?
Bolamba se detuvo cansado y se arrimó a la borda del barco. Se situó cuidadosamente detrás de dos africanos altos, para que los marineros no notaran que había dejado de hacer los ejercicios, y miró hacia el mar. Las aguas verdes corrían en dirección contraria a la popa del barco, dejando una estela de espuma blanca. Bolamba se limpió el sudor del rostro con sus manos, y las secó en el pedazo de lona que llevaba envuelto en la cintura, sostenido por una soga. Suspiró, el mar podía tragarlos en cualquier momento. En eso, algo le llamó la atención: una mancha gris y brillante sobresalía en el agua, muy cerca del barco.










