¡Era un delfín!
El delfín se sumergió y le hizo señas con la cola.
El niño se paró en puntillas para verlo mejor, pero en ese momento les ordenaron regresar a su cautiverio.
Bolamba descendió nuevamente a la bodega, se dirigió a su puesto y se sentó en el suelo. Un marinero se agachó para encadenarlo nuevamente. Bolamba cerró los ojos con temor porque no quería mirar tan de cerca el rostro pálido.
¿Acaso él no había escuchado que todos los blancos eran salvajes caníbales? Varios viajeros que pasaban por su aldea lo habían asegurado, y ahora que él veía cómo actuaban, estaba seguro. El guardia encadenó los tobillos del niño a los tobillos de sus compañeros de ambos lados, como medida de precaución para que los cautivos no escaparan. Bolamba se encontraba entre un adolescente rebelde que se negaba a comer y un hombre maduro, de la edad de su padre. Al niño le habría gustado conversar con ellos, pero era imposible porque, como venían de distintas regiones, no hablaban el mismo idioma. La compuerta se cerró sumiendo el lugar en tinieblas.
Bolamba bostezó y se acomodó lo mejor que pudo. Tenía suerte de ser aún pequeño, porque por lo menos podía cambiar un poco de posición en el mínimo espacio asignado, pero no era el caso de sus vecinos que debían sentarse con la cabeza doblada sobre el pecho y las piernas encogidas.
Bolamba pensó en lo que había sucedido esa mañana. ¡Un delfín lo había saludado con la cola! En realidad, ahora estaba más seguro que nunca de que se hallaba camino a la muerte y que el delfín, por ser un espíritu maternal que ayuda a los niños, lo estaba acompañando en el difícil trance de cambiar de mundos.
Las horas pasaban lentamente como de costumbre; se encontraba medio dormido, cuando escuchó una voz que lo llamaba: una voz que se parecía mucho a la voz de su abuela...
— ¡Bolamba Mbemba!, ¡Bolamba Mbemba...! ¡Bolambaaa! Escúchame... —la voz se mezclaba con el sonido de las olas que pasaban bajo el barco. Bolamba regresó a ver a sus compañeros de cada lado, por si reaccionaban al escuchar la voz, pero los dos hombres estaban dormidos.
— ¡Te escucho! Sí, sí. ¡Te escucho! ¿Quién eres? ¡Háblame! —exclamó Bolamba en voz alta—.
Los demás en la bodega lo mandaron a callar en varios idiomas africanos, incluyendo sus dos vecinos.
Bolamba no se atrevió a decir nada más. Seguramente se había quedado dormido y la voz era parte de un sueño.









